Latinoamérica frente a la hegemonía estadounidense y la necesidad de un marco anti-Monroe
Latinoamérica frente a la hegemonía estadounidense y la necesidad de un marco anti-Monroe
Carlos Fernando Rodríguez
Magíster en Estudios Políticos y Licenciado en Ciencias Sociales
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La reciente intervención militar que ha realizado Estados Unidos a la República Bolivariana de Venezuela ha provocado diferentes reacciones a nivel internacional. El júbilo de la diáspora venezolana en el mundo y de gobiernos detractores del régimen contrasta con la consternación y agravio sentidos por el chavismo y sus bases populares. Pero además, por una profunda preocupación sentida en Latinoamérica y compartida por el grueso de la comunidad internacional respecto al creciente militarismo y unilateralismo del gobierno de Donald Trump. Por un lado, la situación interna de Venezuela todavía es incierta, pero con posibilidades latentes de escalada del conflicto y desestabilización regional. Por el otro, esta intervención se realiza en el marco de la reconfiguración estratégica de Estados Unidos sobre el hemisferio occidental, en el contexto de una nueva distribución multipolar del poder global.
La publicación en el pasado noviembre de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 (National Security Strategy of the United States of América) plantea un reposicionamiento del dominio militar, económico y político en occidente, con un especial énfasis en la recuperación de la hegemonía “incuestionable” de ese país sobre Latinoamérica. El equilibrio de fuerzas con la Federación Rusa y la República Popular China ha generado un “repliegue estratégico” sobre lo que ha considerado por poco más de doscientos años como su espacio natural de influencia. El también llamado “corolario Trump” se presenta pues como una nueva Doctrina Monroe 3.0. Recordemos que fue el expresidente James Monroe quien en 1823 fue artífice de la doctrina homónima, que bajo la premisa implícita de “América para los americanos”, planteó la expulsión del dominio de las potencias Europeas sobre el continente. Con el “corolario Roosevelt” en 1904, dicha doctrina avaló la intervención estadounidense sobre Latinoamérica, en lo que se ha conocido como la doctrina del Big Stick o Gran Garrote.
La actual agresión a Venezuela, pero también las recientes intervenciones militares en Irán, Nigeria o Yemen, además de las guerra que sigue respaldando en Ucrania o Palestina y la presión sobre China en la región de Asia Pacífico, ponen de manifiesto el retorno del más crudo realismo neoconservador estadounidense en cabeza de la administración Trump. Pero, más importante, de una clara fractura de la arquitectura de gobernanza global y, tal como Alexander Dugin en un artículo reciente ha argumentado (The end of international law and the return of world war), como la posible muerte del derecho internacional. La configuración de una situación de multipolaridad revela que no es la fuerza del derecho sino el derecho de la fuerza lo que está determinando la estructura de distribución del poder global. Nos encontramos en una situación de transición intersistémica caótica y altamente volátil, en la que los remanentes inerciales de distintos sistemas internacionales, “operan simultáneamente, y naturalmente interfieren entre sí, generando continuos fallos, conflictos y contradicciones” (Dugin, 2026).
Desde la perspectiva realista sistémica-estructural (L.Dallanegra) puede decirse que el tope del sistema es de carácter tripolar, con la hegemonía de Estados Unidos, Rusia y China en diversos subsistemas (político, económico, financiero, tecnológico, militar) y sobre áreas geopolíticas de influencia en disputa. Debajo de este tope se hallan potencias regionales como Israel, Irán, Turquía, Japón, Emiratos Árabes, India, Pakistán o Arabia Saudí, que también están pugnando por expandir sus propios espacios de influencia y seguridad. Cada uno de estos países dibuja una visión distinta de lo que debe ser el sistema internacional, persiguiendo mejores cuotas de poder y protagonismo. El presente es pues un contexto de globalización en declive, multipolar y policéntrico, con el desplazamiento del eje geográfico de desarrollo del occidente noratlántico hacia regiones como Asia Pacífico, Indopacífico, Eurasia y Oriente Medio.
Las promesas de la interdependencia a través del libre comercio, “la sociedad abierta”, la apertura de fronteras, el multilateralismo y del llamado “fin de la historia” (F. Fukuyama), se derriten entre el militarismo, las guerras proxy, la judicialización de la política nacional e internacional, las constantes violaciones a la soberanía y al Derecho Internacional Humanitario y las guerras comerciales, fenómenos que están definiendo el perfil de una época que está naciendo. ¡La historia no ha terminado! Lo indicado no quiere decir que la Guerra Fría o que las décadas del “momento unipolar” (C. Krauthammer) no hubieran existido períodos caóticos plagados de “guerras periféricas” y de intervencionismo norteamericano. Más bien, lo propio de esta época de interregno es el surgimiento de diversos actores hegemónicos que multiplican los vectores de conflicto internacional. Una multipolaridad en gestación frente a la cual Estados Unidos reacciona histérico para preservar su estatus de superpotencia mundial.
La nueva doctrina de seguridad no significa que EE.UU abandone sus pretensiones de dominio global y su influencia en regiones clave como Asia-Pacífico, Oriente Medio, África o Europa. Sino que establece una jerarquía de prioridades geopolíticas y el posicionamiento internacional del rol de pacificador y ordenador a través de la fuerza (Pax Americana), en el que Latinoamérica se configura como su zona privilegiada de dominio unilateral e incontrovertible. La administración Trump busca crear un “gran espacio” (Grossraum, según el término utilizado por Carl Schmitt) continental, desde Groenlandia y el Ártico hasta la Patagonia, libre de sus principales competidores extra-hemisféricos y en el que pueda disponer de acceso ilimitado a recursos estratégicos, posiciones de vigilancia, control de rutas comerciales y cadenas de suministros. Todo ello como condición necesaria para sostener su competencia contra Rusia y China o cualquier otra superpotencia que emerja en el presente siglo.
En la práctica, este hegemonismo hemisférico se ha expresado con el reposicionamiento en el Canal de Panamá, la latente amenaza de tomar Groenlandia, la influencia en los procesos electorales que están retornando la llamada Marea Azul de gobiernos pro-estadounidenses, el bloqueo naval del Mar Caribe, la invasión militar a Venezuela y la amenaza a los gobiernos de Petro, Sheinbaum o Lula de realizar acciones similares. Frente a esta renovada y más agresiva Doctrina Monroe 3.0 (“Donroe") ¿qué le queda por hacer a Latinoamérica? Enfoques teóricos como el Realismo Periférico (C. Escudé) propondrán una adaptación y realineamiento de la región con Estados Unidos, en función de “maximizar beneficios competitivos”. Sin embargo, sostenemos que cualquier visión que pretenda ver en la actual potencia del norte al mismo proyecto de la globalización neoliberal está perdiendo de vista el cuadro completo de la reconfiguración del sistema internacional y no comprende el proyecto imperial que promueven las fuerzas ideológicas que hoy gobiernan en Washington.
No se trata pues de un aliado en el sentido convencional sino de un hegemón, de un imperio ávido de recursos y con profundos problemas sistémicos, en un horizonte de crisis ecológica. Es un proyecto de extractivismo, depredación de riquezas naturales, sustracción de soberanías -que ya de por sí sólo son nominales-, manipulación de “sistemas democráticos”, securitización y cercenamiento de derechos y libertades. Una nueva Guerra Fría que trae su
Plan Cóndor 2.0. Es más que claro que la respuesta de la región debería ser diametralmente opuesta, tal vez, una “Anti-doctrina Monroe”. El enfoque de base debe ser uno que reconozca que el vértice de las relaciones internacionales no es más que el poder. Lo que se precisa entonces es de la construcción de poder regional, una propuesta que enfoques como el Realismo Sistémico-Estructural de Luis Dallanegra Pedraza -continuador de las escuelas de la dependencia y la autonomía- han teorizado. Se pueden considerar también los nuevos desarrollos conceptuales y analíticos de la Teoría del Mundo Multipolar (TMM) de Alexander Dugin. Se trata de reconstruir el proyecto de integración regional sobre bases que movilicen los auténticos recursos de poder duro y blando, dentro de un marco contrahegemónico y antiimperialista.
La fundamentación de un marco regional anti-monroe a través de estas bases teóricas podrá ser materia de otra investigación. Lo que sí podemos esbozar en estas breves líneas son algunos pilares sobre los que podría desarrollarse.
- El desarrollo de un marco de política exterior regional que precise resistir a los embates del hegemonismo-imperialismo norteamericano -o cualquier otro-, debe estar cimentado sobre sólidos sistemas de poder y no sobre proyectos aislados, programas de gobierno o personalismos. Tales sistemas deben estar sustentados en políticas de Estado, políticas públicas, programas de largo aliento y plataformas multilaterales, centrados en potenciar las capacidades de poder nacionales y regionales con autonomía.
- El modelo de autonomía postulado debe ser oposicional, relacional-regionalista y de no-alineamiento activo, es decir, en oposición al hegemonismo norteamericano.
- Debe ser desarrollada una arquitectura multilateral unificada que articule los diferentes factores de poder en los ámbitos militar, seguridad, inteligencia, energía, economía, tecnología, ciencia, infraestructura y recursos estratégicos.
- Uno de los fundamentos centrales de la estrategia geopolítica regional debe ser el fortalecimiento del control exclusivo de áreas geográficas clave en el subcontinente: Canal de Panamá, Mar Caribe, faja petrolífera del orinoco, selva amazónica, triángulo del litio, Patagonia, entre otras.
- Debe fortalecerse la cooperación regional en materia de seguridad transnacional, lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, a través de una plataforma de acción común entre nuestras policías, cuerpos de inteligencia y fuerzas armadas. Latinoamérica no debe depender más de EE.UU en este rubro y toda colaboración en dichas materias debe ser realizada a través de los estrictos límites del derecho internacional y del interés de la región.
- Es urgente crear arquitecturas monetario-financieras y de telecomunicaciones alternativas, dentro de un marco estrictamente latinoamericano. Es imperativo crear una plataforma comunitaria de asistencia económica, humanitaria y de inversiones en infraestructura y desarrollo.
- Es necesario un dispositivo comunitario de respuesta inmediata a las agresiones militaristas en dos niveles: a) una respuesta cooperativa que contemple acciones militares, logísticas, económicas y humanitarias; b) que permita sancionar a las potencias agresoras y a sus colaboradores, trascendiendo los tradicionales canales diplomáticos, involucrando penalidades en materia de migración, flujos comerciales, congelamiento de activos estratégicos, detenciones, suspensión de acuerdos, entre otras medidas.
- La administración de recursos estratégicos y vitales debe ser realizada exclusivamente por nuestras empresas estatales, con perspectiva soberana, estrictos controles de veeduría ciudadana y con mecanismos rigurosos de rendición de cuentas.
- Debe defenderse el derecho colectivo de establecer relaciones internacionales con actores extra-hemisféricos y diversificar geográfica y temáticamente el marco de asociatividad, bajo una comprensión multipolar y orientado preferencialmente hacia el Sur Global (especialmente hacia Asia Pacífico y el Atlántico sur). Es necesario fortalecer las capacidades de negociación colectiva con las potencias y bloques regionales.
- Es imperativo fortalecer los programas de cooperación regional en materia científica, de innovación y desarrollo, con especial énfasis en tecnologías de la información, transición energética -sobre todo energía nuclear-, medicina, aeroespacial y tecnología militar.
- Se precisa de un verdadero parlamento latinoamericano como una institución supranacional permanente y que se rija sobre los principios de subsidiariedad, igualdad, anticolonialismo y autonomía regional. Esta debe ser la plataforma desde la que se gestione de manera colectiva los proyectos de desarrollo soberano mencionados, con total apertura a la participación ciudadana, política, científica, sindical y de los distintos sectores que conforman las fuerzas productivas de la región.
- Todos estos lineamientos de integración regional sólo pueden ser posibles si son movilizados por una idea-fuerza, por una concepción ideológica y cultural compartida de lo que es y puede ser Latinoamérica, en tanto que “gran espacio” soberano, resistente, próspero y con justicia social: un nuevo polo de la multipolaridad. La condición de posibilidad para la realización de este proyecto es la participación activa de las fuerzas populares en la política exterior de sus respectivos países y de la región.
Referencias
Dugin, Alexander. (2021). Teoría del Mundo Multipolar. Alternativa Geopolítica al Imperialismo Globalista. Ignacio Carrero Pinto Ediciones.
Dugin, A. (2026, 3 de enero). The end of international law and the return of world war: Why the current global chaos can no longer be contained. Multipolar Press.
Dallanegra Pedraza, L. (2009). Realismo sistémico estructural: Política exterior como “construcción” de poder. Editorial Teoría.
The White House. (2025, noviembre). National Security Strategy of the United States of America, 2025. Gobierno de los Estados Unidos.