¿Y si la periferia no obedece? La ruptura del patrón colonial en el caso de Cuba
¿Y si la periferia no obedece? La ruptura del patrón colonial en el caso de Cuba
Por: Dana Cuero, Sara Velilla y Juan David Cano
Cuba es enigmática para varios latinoamericanos. Para entender la isla, es necesario leer sobre la llegada de personas esclavizadas desde África hace más de cuatrocientos años y sobre las pugnas entre grandes potencias mundiales por su dominio en el siglo XX. En ese sentido, la historia de Cuba comparte muchos de los retos de América Latina. Sin embargo, la Revolución marcó un punto de quiebre que separó su trayectoria política de la del resto de la región. Desde entonces, la percepción externa del país ha estado atravesada por discursos polarizados, desinformación y restricciones en el acceso a información producida desde la propia isla.
Frente a este escenario, la realización de una entrevista a diplomáticos cubanos permitió interrogar esas barreras y aproximarse a la forma en que Cuba concibe su política exterior y su proyecto educativo. A partir de este diálogo, el texto propone analizar a Cuba como un proyecto político que busca disputar las jerarquías heredadas del colonialismo mediante una diplomacia activa y la construcción de modelos propios de producción de conocimiento, en tensión con el capitalismo global y la división racial del trabajo. Con esto no se pretende mostrar a Cuba como un modelo acabado de decolonización, sino como un caso que permite reflexionar críticamente sobre sus alcances y límites.
Cuba, desde la Revolución, que finalizó en 1959, comenzó a perfilarse como un país que desafiaba los postulados tradicionales y el statu quo impuesto por el norte global. Desde este enfoque, es pertinente entender que el orden internacional no funciona como un sistema de países iguales, sino como una estructura históricamente configurada de manera jerárquica que responde a dinámicas económicas y de poder heredadas de la colonia. Cuba, con cierto grado de éxito, ha logrado disputar estas jerarquías mediante su política exterior y su producción de conocimiento. Mediante estrategias educativas, políticas y un análisis crítico de la colonialidad del poder y del saber, el país insular ha logrado desafiar las nociones coloniales de raza, el capitalismo global y la división racial del trabajo.
Colonialidad del poder
Colonialismo es la dominación político-administrativa directa de los territorios. Los virreinatos y las audiencias fueron instituciones creadas en Europa, las cuales, llegaron a América a categorizar interacciones nunca antes vividas en la historia. Surge la noción de los conquistadores versus los conquistados. La colonialidad del poder explica los remanentes de estas instituciones, ya no existentes de manera física, pero sí cultural y socialmente. Las ex-colonias sufren del trauma de la colonialidad del poder, esto se ve reflejado en asuntos estructurales como el limitado acceso a condiciones dignas de trabajo, las cuales también están ligadas a esta categorización racial del mismo. Mientras que los colonos, en este caso representados por Estados Unidos, aún mantienen ambiciones de jerarquizar y ordenar sociedades. La colonialidad del poder condiciona también el propio orden mundial.
Pudimos conversar con la política exterior de Cuba, y sus diplomáticos expresan una lucha y resistencia contra un hegemón. Son vehementes y denuncian el poder e influencia de EUA en la arena internacional. Antes del 59, según el relato de estos diplomáticos, se asumía la subordinación de Cuba ante EUA como algo normal. Y así ha sido la fórmula de política exterior que han seguido la mayoría de los países del sur global. Pero entre satisfacer las necesidades del hegemón o romper completamente lazos con él, hay pequeñas y grandes resistencias. En este sentido, como plantea Juan Carlos Puig, la autonomía secesionista hace referencia a los países que deciden romper relaciones con las élites dominantes sin importar las consecuencias, lógica bajo la cual puede leerse el giro revolucionario cubano. Para Cuba, fortalecer su servicio diplomático y disponerlo para la resolución de conflictos latinoamericanos—como las negociaciones con las FARC en Colombia—ha servido para diversificar sus conexiones internacionales. Así, Cuba presenta la diplomacia como una alternativa a las técnicas de dominación de la hegemonía.
Colonialidad del saber
Por otro lado, entender la colonialidad del saber, o como se menciona en el trabajo de Quijano “eurocentrismo”, es clave para comprender el proceso de construcción de producción de conocimiento y validación del saber. Las visiones cognitivas y educativas difundidas durante la época colonial europea marcaron el proceso de aprendizaje e identidad latinoamericana. Esto se evidencia en una jerarquización de las formas del saber, las experiencias y la identidad histórica, donde Europa, y posteriormente el hegemón dominante, Estados Unidos, monopolizaron sus categorías -moderno/tradicional, civilizado/salvaje, y lo ético/irracional- como criterios universales.
Durante el espacio de diálogo, se logró entender el proceso de decolonialidad del saber que ha promovido Cuba, especialmente en el campo ideológico, el rol de trabajo y producción de conocimiento autónomo. Los diplomáticos mencionaron que, si bien Cuba es un estado abiertamente socialista, se promueve la libertad del conocimiento y se enseña diversidad política, económica y social. Esto también se evidencia en la promoción de sus programas de cooperación internacional, especialmente en salud y educación, enfatizando siempre autonomía epistémica y técnica en comparación con la concentración del conocimiento dominada por los centros del norte. Sin embargo, Cuba aún opera bajo múltiples marcos eurocentristas, demostrando que es posible buscar un balance en su práctica estatal decolonial.
Balance
Analizar el caso cubano desde la colonialidad del poder y del saber permite ir más allá de los debates ideológicos tradicionales y observar cómo un país del Sur Global ha intentado disputar las jerarquías históricas que estructuran el sistema internacional. Entre sus principales logros se encuentra la construcción de una política exterior que se asume como resistencia frente a la hegemonía estadounidense, así como el desarrollo de un modelo educativo y de cooperación que busca autonomía epistémica y técnica, cuestionando la concentración del conocimiento en los centros del norte.
No obstante, estos avances conviven con límites estructurales. Cuba continúa operando dentro de un sistema capitalista global que impone restricciones materiales y políticas, y su proyecto decolonial no logra escapar completamente de marcos eurocéntricos ni de dinámicas de dependencia que afectan al conjunto del Sur Global.
La experiencia cubana muestra, entonces, que la descolonización no es un estado alcanzado, sino un proceso en disputa constante, disputa que, podría no verse reflejada en soluciones tangibles sino más bien, discursivas. Más que ofrecer un modelo acabado, el caso cubano invita a reflexionar sobre las posibilidades reales, y las tensiones inevitables, de intentar construir autonomía en un orden internacional profundamente jerarquizado.
Después de las intervenciones estadounidenses en Venezuela e Irán en lo que va de este año, es relevante pensar cuáles serán las acciones de Trump respecto a Cuba. ¿Estará en riesgo el proyecto antihegemónico de la isla?
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